Una de las formas más determinantes de todo hombre, de la que no puede escapar, ni si quiera cerrándose a la realidad, es el sufrimiento. El ser racional es el único ser del mundo que sufre, el animal sólo padece dolor. El ser humano vive el “sufrir” como algo presente en su existencia, incluso como algo que le hace “vivenciar” las profundidades de un “abismo” que en ocasiones parece indeterminado.
Oscar Wilde expresó una vez: “el sufrimiento es el medio por el cual existimos, porque es el único gracias al cual tenemos conciencia de existir.” Sólo el hombre que experimenta el sufrimiento, se “da cuenta” de su postura ante el mundo, el sufrimiento lo detiene con preguntas decisivas y radicales: ¿por qué a mí? ¿por qué hay mal? ¿por qué existo? El sujeto que sufre cuestiona por el sentido de la realidad, la persona que vive el sufrir reclama una respuesta que satisfaga su condición misma.
El sufrimiento y el problema mal en el mundo son uno de los más grandes misterios de la humanidad, pocos son los que comprenden algo de este sentimiento. El sufrimiento guarda tan numerosos secretos y tan profundas bondades, que dar una respuesta única a este sentir parece imposible. Lo que es claro en el sufrimiento es que éste adquiere sentido cuando se “comparte”, cuando hay un “yo” que acompaña esta experiencia tan abismal.
Jesús, como hijo de Dios, es una persona que posee un “yo” absoluto lleno de amor, sólo Él murió en la cruz por los pecados mundanos. Sólo Jesús es el único ser capaz de dar un sentido “significativo” al “sufrir” humano. La cruz de Cristo vence las cruces de la humanidad. La resurrección de Cristo garantiza que el sufrimiento ni el mal son algo definitivo en esta existencia tan laberíntica.
El sufrimiento
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Juan Pablo II amigo de los jóvenes
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Tu eres mi esperanza
El pasado 2 de Abril conmemoramos 2 años de la partida de Juan Pablo II a la Casa del Padre, y también se hizo la Sesión de Clausura de la parte diocesana sobre la vida y virtudes de este querido papa, justamente un Lunes Santo; recordemos que él murió en las vísperas de la Fiesta de la Misericordia Divina y dentro de la Octava. Pero, ¿qué herencia nos deja Juan Pablo II a los jóvenes?
Juan Pablo II fue un hombre siempre preocupado por las necesidades humanas, y optimista por el futuro, y no solo eso, sino que centraba sus ideas en los jóvenes, al llamarnos “la esperanza de la Iglesia,”, “el futuro” porque es en nosotros en quienes recae la responsabilidad de crear un mundo mejor, que cada uno de nosotros, independientemente del oficio al que nos dediquemos, mediante el servicio a Dios y a los demás.
Él creó para los jóvenes las Jornadas Mundiales de la Juventud, en el año de 1986 en la Ciudad de Roma, en un Domingo de Ramos. También instituyó el uso de una Cruz para que peregrinara por el mundo. Pero yo me pregunto ¿para qué creó todo esto?
De manera personal he de afirmar que, habiéndose dado cuenta de los problemas de este mundo y que principalmente a los jóvenes nos aquejaban, buscó la manera de llegar a cada corazón joven para que prevaleciera ese Dios Vivo, ese Dios que es Amor en su totalidad, ese Dios que escucha y comprende.
Hace 2 años pudimos leer y escuchar el testamento que este querido Papa había dejado, pero no solo es esto lo que nos deja, sino en cada uno de nosotros los jóvenes, los cuales, me atrevo a decir, solo habíamos conocido a un Papa: Juan Pablo II, esa sensación de luchar por medio del amor, ese espíritu de lucha ante la adversidad; de esto último tenemos bastantes ejemplos para citar, ante las enfermedades nunca se dejó vencer, hacía viajes que sus médicos y su equipo de trabajo trataban de disuadir e inclusive en su última presentación en público intentó hablar.
Fue un papa que buscaba a los jóvenes y los encontró, reía con ellos, bromeaba, cantaba, disfrutaba de su compañía y no por nada nos llamó “su esperanza” ya que en nosotros recae una nueva conciencia hacia lo mejor
Por naturaleza siempre somos impetuosos, con gran sed de cambio, cualquier cosa nos ilusiona y en algunas ocasiones nos dejamos llevar por lo que los demás nos digan, y eso siempre fue una preocupación de nuestro querido Papa, de que dadas estas situaciones dejáramos a un lado lo verdaderamente importante, que no cediéramos ante las modas que muchas veces son impuestas sin querer. Deseaba crear una conciencia real y humana en cada uno de nosotros. Fue como un Gran Padre para la humanidad.
Hay muchas personas que se dicen influenciadas por las ideas de este Papa, como por ejemplo, a muchos les sirvieron sus palabras para dar un sí al Señor; otros afirman que les ha ayudado a tomar decisiones sobre cosas que pasan en sus vidas, como salvarse a sí mismos ante un suicido u otras cosas.
En fin, te podría decir qué tanto ha influido en mí, pero prefiero contártelo en otra ocasión para no aburrirte, quizá a ti no te ha causado ninguna impresión o no ha influido en tu vida, pero recuerda que siempre sus mensajes, libros, entre otras cosas siempre estarán allí, sin importar lo que pase y que en un futuro pueden servirte.
Pero te pido que en esta Semana Santa pienses en este personaje tan importante para la Historia Universal, que eleves una oración para que pronto podamos verlo en los altares y que te encomiendes a él, que sea esa inspiración para que lleves días realmente de cambio, de reflexión. Recuerda que hace dos años Juan Pablo II no asistió al Vía Crucis del Coliseo, y en aquella ocasión envió un mensaje a los fieles: “Asimismo, me siento cerca de los que, en este momento, se encuentran probados por el sufrimiento. Pido por cada uno de ellos. En este día, memorial de Cristo crucificado, contemplo y adoro con vosotros la cruz y repito las palabras de la liturgia: “O crux, ave spes unica!",(…) danos paciencia y valentía, y obtén la paz para el mundo!”
Recuerda que nosotros escribimos este hoy, este futuro, y en cada uno de nosotros debe recaer la responsabilidad de hacer un futuro mejor, de no decaer en la fe y que sea la fuerza que necesitamos para vencer cuanta adversidad se presente en nuestra vida. Es por ello que somos esa esperanza.
Para finalizar, deseo dejarte un fragmento de su testamento, el cual, en lo personal, es muy conmovedor:
“Quiero seguirle y deseo que todo lo que forma parte de mi vida terrenal me prepare a este momento. No sé cuando llegará, pero como todo, también deposito este momento en las manos de la Madre de mi Maestro: Totus Tuus. En sus manos maternas lo dejo todo y a todos aquellos con quienes me ha ligado mi vida y mi vocación. En esas manos dejo sobre todo a la Iglesia y también a mi nación y a toda la humanidad. A todos doy las gracias. A todos pido perdón. Pido también oraciones para que la misericordia de Dios se muestre más grande que mi debilidad y mi indignidad”.
Publicado por Reporteros juveniles en 14:28
La búsqueda es trascendente
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Una de las cosas que he aprendido últimamente es que hay que saber buscar, no sólo como exploradores de selva, sino como un rasgo vital de supervivencia. El encontrar supone el buscar, y el vivir supone el encuentro. Amado Nervo, un poeta mexicano, escribió algo que ilustra el significado de la búsqueda:
Oirás decir frecuentemente a muchos que no encuentran a Dios. Pregúntales si le buscan, y hasta dónde llega su anhelo de hallarle. Si le buscan con mucho ahínco, tranquilízalos, porque ya le han encontrado. Dios dice a Pascal en las meditaciones: "Console toi tu ne me chercherais pas si tu ne m´avais trouvé. “Pensamiento admirable, capaz de inundar de consuelo al espíritu más árido y desolado. Pensamiento, por otra parte, de una sorprendente exactitud. El que busca, en efecto, a Dios con ahínco, es porque le ama, y el que le ama, ya le posee. Amar a Dios y poséele es todo uno. Por eso el autor de estas líneas ha dicho en unos versos, glosando la frase del divino pensador francés: "alma, sigue hasta el final -en pos del bien de los bienes- y consuélate en tu mal -pensado como Pascal- ¿Le buscas?, es que le tienes..." (Nervo, Amado. Plenitud. 1972)
Abraham Siloé Ramos P.
Publicado por Reporteros juveniles en 9:44
¿Poner la otra mejilla?
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Confesión: creo que soy fan de Ratzinger. Tengo en mi memoria que desde que leí uno de sus libros vislumbré que era un hombre magno o simplemente intelectual. Sus comentarios y sus atisbos intelectuales me parecían geniales. En la reflexión que hizo este Domingo entendí el por qué de "poner la otra mejilla." Aquí les presento la reflexión ratzingereana. No piensen que por ser largo es aburrido o pesado.
El Evangelio de este domingo contiene una de las palabras más típicas y fuertes de la predicación de Jesús: «Amad a vuestros enemigos» (Lc 6,27). Está sacada del Evangelio de Lucas, pero se encuentra también en el de Mateo (5,44), en el contexto del discurso programático que se abre con las famosas «Bienaventuranzas». Jesús lo pronunció en Galilea, al comienzo de su vida pública: casi un «manifiesto» presentado a todos, sobre el que Él pide la adhesión de sus discípulos, proponiéndoles en términos radicales su modelo de vida. ¿Pero cuál es el sentido de esta palabra suya? ¿Por qué Jesús pide que se ame a los propios enemigos, o sea, un amor que excede las capacidades humanas? Lo cierto es que la propuesta de Cristo es realista, porque tiene en cuenta que en el mundo existe demasiada violencia, demasiada injusticia, y por lo tanto no se puede superar esta situación más que contraponiendo más amor, más bondad. Este «más» viene de Dios: es su misericordia, que se ha hecho carne en Jesús y que sola puede «desequilibrar» el mundo desde el mal hacia el bien, a partir de ese pequeño y decisivo «mundo» que es el corazón del hombre.
Justamente esta página evangélica está considerada como la magna charta de la no violencia cristiana, que no consiste en rendirse al mal -según una falsa interpretación del «poner la otra mejilla» (cfr. Lc 6,29)-, sino en responder al mal con el bien (Rm 12,17-21), rompiendo de tal forma la cadena de la injusticia. Se comprende entonces que la no violencia, para los cristianos, no es un mero comportamiento táctico, sino un modo de ser de la persona, la actitud de quien está así convencido del amor de Dios y de su poder, que no tiene miedo de afrontar el mal con las únicas armas del amor y de la verdad. El amor al enemigo constituye el núcleo de la «revolución cristiana», una revolución no basada en estrategias de poder económico, político o mediático. La revolución del amor, un amor que no se apoya en definitiva en recursos humanos, sino que es don de Dios que se obtiene confiando únicamente y sin reservas en su bondad misericordiosa. He aquí la novedad del Evangelio, que cambia el mundo sin hacer ruido. He aquí el heroísmo de los «pequeños», que creen en el amor de Dios y lo difunden aún a costa de la vida.
Abraham Siloé Ramos P.
Publicado por Reporteros juveniles en 16:09
¡Ver y pensar!
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Pienso que una de las cosas que más nos hacen pensar es ver las cosas tal y como son en la realidad. No es en vano la frase que dice que una imagen habla más que las palabras. Quisiera mostrarles una foto que me ha hecho experimentar lo profundo de la violencia y del mal mismo. Realmente las imágenes son un signo que develan los hechos tal cuales. Creo que la lectura de la realidad es el punto capital. Confieso que cuando vi esta foto me hizo pensar en una frase bastante profunda de Dostoievsky:"si Dios no existe, todo está permitido..."
Abraham Siloé Ramos P.
Publicado por Reporteros juveniles en 7:23
La madre Teresa de Calcuta: historia de una vocación de amor
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La Beata Teresa de Calcuta fue una mujer que todo mundo ha conocido, cuando menos por historias, relatos, la televisión y otros medios; pero muchas personas preguntamos ¿cómo es que esta mujer escuchó la voz de Dios y llegó a hacer tantas cosas en beneficio de la humanidad?
En los siguientes párrafos podrán leer algunos pensamientos y hechos sobre la vocación de la Beata Teresa de Calcuta. Cabe mencionar que son extractos de diversas conferencias que ella dirigió.
José Agustín Vélez Galván.
***
Mi vocación.
Madre Teresa de Calcuta.
Nací en Albania. Soy de sangre y de origen albanés. Tengo nacionalidad india. Soy también una religiosa católica. Pero por mi vocación pertenezco al mundo entero. Mi corazón, sin embargo, pertenece enteramente al corazón de Jesús.
Nací en Skopje (Albania) en 1910. Mi padre tenía un pequeño negocio de materiales de construcción. Tenía dos hermanas y un hermano. Ya han muerto las dos. Éramos una familia muy feliz y siempre unida.
Yo no soy más que un pequeño lapicero en las manos de Dios. Es Él quien escribe. Es Él quien piensa. Es Él quien decide. Lo repito: no soy más que un pequeño lapicero. Todavía era joven, tenía 12 años, cuando en el seno de mi familia, probé por primera vez el deseo de pertenecer completamente a Dios. Lo reflexioné mucho, rezando, durante seis años. A veces me parecía que tenía vocación.
Al final me convencí de que Dios me llamaba. Fue la Virgen de Letnice (Montenegro) quien intercedió por mí y me ayudó a descubrir mi vocación.
En los momentos de incertidumbre, me sirvió de gran utilidad un consejo de mi madre. Me decía a menudo:
-Cuando aceptes un trabajo, hazlo de buen grado o no lo aceptes.
En cierta ocasión pedí consejo a mi director espiritual acerca de mi vocación. Le pregunté:
-¿Cómo puedo saber si Dios me llama y para qué me llama?
Él me respondió:
-Lo sabrás por tu felicidad. Si te sientes feliz ante la idea de que Dios te pueda llamar para servirle a Él y a tu prójimo, ésa puede ser la mejor prueba de tu vocación. El gozo profundo del corazón es como una especie de brújula que indica el camino a seguir en la vida. Y debemos seguirla, incluso cuando esta brújula nos conduce por un camino lleno de dificultades.
A los pies de la Virgen de Letnice, escuché por primera vez la llamada divina que me convenció de servir a Dios y de dedicarme completamente a su servicio. Fue la tarde de la fiesta de la Asunción. Lo recuerdo bien. Yo rezaba con una velita encendida entre las manos. Rezaba y cantaba con un corazón desbordante de felicidad interior.
Allí, aquel día, decidí consagrarme enteramente a Dios por medio de la vida religiosa. La escena, a los pies de la Virgen, en su santuario de Letnice, permanece indeleble en mi corazón. Fue allí donde escuché la voz de Dios que me llamaba a ser completamente suya, a consagrarme a Él y al servicio del prójimo.
Hace algunos años tuve ocasión de volver a Skopje y pude visitar el santuario de la Virgen de Letnice. Me sentí muy feliz de poder postrarme nuevamente ante sus pies y rezarle. El manto de la Virgen había cambiado, pero sus ojos y su mirada eran todavía los mismos, después de tantos años.
Si tuviera que comenzar otra vez todo, desde el inicio, volvería a dejar Skopje para seguir el mismo camino.
Éramos una familia muy feliz. Estábamos muy unidos, especialmente después de la muerte de mi padre. Vivíamos los unos para los otros. Cada uno tenía como principal preocupación la de hacer felices a los demás miembros de la familia.
A los 12 años experimenté por primera vez el deseo de hacerme misionera. Aunque iba a una escuela no católica, en Skopje había buenos sacerdotes que nos ayudaban a discernir la propia vocación según la llamada de Dios. En aquel momento descubrí mi llamado en favor de los pobres. Sólo que, entre los 12 y los 18 años, olvidé ese deseo de hacerme monja.
Vivía todavía en mi ciudad natal, cuando algunos jesuitas de Skopje fueron destinados a la India como misioneros. De cuando en cuando nos enviaban cartas informándonos de toda la labor que hacían en provecho de las almas. Las descripciones de toda la actividad realizada, en especial en su trabajo con los niños, me impresionaban muchísimo. Le expuse a uno de ellos mi intención de ser misionera y él se ofreció para ponerme en contacto con las loretinas (monjas de Nuestra Señora de Loreto), que en aquel período ayudaban mucho en la India.
Fue a los 18 años cuando decidí definitivamente dejar mi familia y ser misionera. Desde aquel momento no he dudado nunca de aquella decisión. Era la voluntad de Dios. Era Él quien me había elegido.
Seguir mi vocación representó un sacrificio para mí y para mi familia, que siempre estaba unida. Fue el sacrificio que Cristo nos pidió a todos nosotros.
Ingresé en octubre de 1928 en la casa madre de las monjas de Nuestra Señora de Loreto en Rathfarnham (Irlanda). Después de dos meses viajé a la India para comenzar el noviciado. Se desarrolló en Darjeeling. Al final pronuncié los votos religiosos.
Me siento india y al mismo tiempo, desde lo más profundo de mi alma, universal. Hablo bien el bengalí y un poco peor el hindú. Pero no debería hablar más de mí misma.
En el momento de la profesión, en conformidad con las constituciones de la Congregación de Loreto, cambié de nombre. Elegí llamarme Teresa. No era el nombre de la gran Teresa de Ávila. Elegí el nombre de la pequeña Teresa: Teresa de Lisieux.
Durante veinte años enseñé en el colegio de Santa María. Era una escuela para niñas de clase media, aunque asistían también de clase alta. Era el único colegio católico de chicas en Calcuta. No sabría decir si fue una buena o mala maestra. Esto lo podrían decir mejor que yo mis alumnas. Lo que puedo decir con seguridad es que me agradaba mucho enseñar.
Mientras formé parte de la Congregación de Nuestra Señora de Loreto, mi misión era enseñar. Una cosa que, hecha por Dios, constituye un verdadero apostolado.
Siempre buscaba animar a mis alumnas de mayor edad para ir a los suburbios y ofrecer allí asistencia y ayuda a los pobres abandonados. Por lo que a mí respecta, no me decidí a consagrarme totalmente a la misma causa, hasta el día en que me sentí empujada a hacerlo gracias a un hecho impresionante.
Sucedió después de la segunda guerra mundial. Un día me encontraba fuera del convento, en las cercanías de hospital Campbell, cuando mis ojos vieron el espectáculo de una pobre mujer que agonizaba por el hambre. Me acerqué a ella. La tomé entre mis brazos y traté que la aceptaran en aquel hospital. No me escucharon porque se trataba de una mujer pobre. Murió en medio de la calle.
Una lectura del Evangelio me golpeó particularmente, cuando Cristo afirma que lo que hagamos a los más pequeños, a los que tienen hambre, a los enfermos, a los rechazados, es como si se lo hiciéramos a Él. De este modo, tuve la impresión de haber descubierto mi verdadero camino y acepté aquello que se me presentaba como un maravilloso regalo de Dios.
Fue como una llamada dentro de otra llamada. Algo parecido a una segunda vocación. Fue un mandato interior a renunciar a la congregación de Loreto, donde seguramente yo era muy feliz, para ponerme al servicio de los pobres de las calles.
En 1946, mientras me dirigía en tren hacia Darjeeling para hacer los ejercicios espirituales, sentí nuevamente una llamada para abandonarlo todo y seguir a Cristo en los suburbios y servirlo en los más pobres de los pobres. Comprendí que eso era lo que Cristo quería de mí.
En el año 1948, después de 20 años de permanencia en India, opté por un contacto más estrecho con los más pobres de los pobres. Era una llamada dentro de mi vocación. Sentía que Dios quería algo más de mí. Para mí su mensaje era claro: dejar el convento y trabajar con los pobres, viviendo en medio de ellos. Sabía dónde me llamaba, pero ignoraba cómo llegar. Dios quería que yo fuera pobre con los pobres y que lo amase bajo las dolorosas semblanzas de los más pobres entre los pobres.
Conté con la bendición de la obediencia. Una vez expuesto mi caso a las Superioras de la congregación y al arzobispo de Calcuta, percibieron que se trataba de la voluntad de Dios, que era Dios el que lo quería.
Escribí a mi Superiora general diciéndole que Dios me llamaba a sí, sirviéndole en los más pobres de los suburbios. Obtuve así la bendición de la obediencia. Teniéndola, no hay ningún motivo para dudar ni se puede equivocar.
A veces, queda la impresión de haberse equivocado. Pero sólo lo es a los ojos de los hombres. No a los ojos de Dios.
No tuve que renunciar a nada en particular. La vocación de pertenecer a Cristo y mi pertenencia a Él, no habían cambiado. Lo único que cambiaba eran los medios exteriores, con la finalidad de servir a los más pobres de los pobres.
La vocación en sí misma -mi pertenencia a Cristo- no cambió. Más bien, profundizó. Mi amor por Cristo se hizo más profundo en virtud de aquel sacrificio. Este es el motivo por el que hablo de una llamada dentro de la llamada. Mi vocación no fue otra cosa que una prolongación de mi pertenencia a Cristo.
Al mismo tiempo, algunas jóvenes a quienes había tenido como alumnas y que visitaban a los pobres en los suburbios y a los enfermos en los hospitales, manifestaron el deseo de hacerse monjas para dedicarse completamente al apostolado entre los más pobres.
Lo repito una vez más. Fue en septiembre de 1946, en el tren que me llevaba a Darjeeling, donde iba a hacer los ejercicios espirituales, cuando escuché la llamada de Dios. Mientras rezaba a Nuestro Señor en la intimidad y en el silencio, escuché la llamada dentro de la llamada.
El mensaje era muy claro: tenía que dejar el convento (de la congregación de Loreto) y dedicarme al servicio de los pobres viviendo con ellos. Era una orden. Tuve una percepción muy clara respecto al origen de la llamada. Lo que no veía tan claro era cómo secundarla. En otras palabras: sabía dónde ir, pero ignoraba cómo llegar.
Sentí intensamente que Jesucristo quería que yo le sirviese en los más pobres, en los rechazados, en los habitantes de los suburbios, en los marginados, en los que no tienen hogar. Jesucristo me invitaba a seguirlo en pobreza real, comenzando un género de vida que me hiciese igual a los necesitados, en los que Él está presente, en los que Él sufre y ama.
Publicado por Reporteros juveniles en 18:35
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Ppensamos, además, publicar nuestros artículos, y nuestros pensamientos acerca de la vida. Deseamos que todos conozcan nuestra perspectiva de esta laberíntica existencia. No habrá opresión ni cautiverio. Será un espacio de libertad y de encuentro. Koinonía no nos ha autorizado este espacio. Pero nuestro deseo se ha hecho manifiesto. Por tanto cada quien se hace responsable de lo que se exprese. Lo que sí pedimos es que haya opiniones respetuosas.
Abraham Siloé Ramos P.
Publicado por Reporteros juveniles en 18:48